Biblioteca Popular José A. Guisasola

Mostrando entradas con la etiqueta Adela Basch. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adela Basch. Mostrar todas las entradas




Micaela tenía los ojos fijos en un dedo de cada mano.

—Nena, ¿se puede saber qué hacés? —le preguntó la madre después de media hora—. No es que me quiera meter, pero me parece importante que las madres y las hijas hablen entre sí.

—Estoy tratando de hacer lo que nos dijo la seño —respondió Micaela—. Nos explicó que para saber qué hay dentro de un libro hay que mirar el índice, pero yo me estoy mirando los índices hace horas y de libros no veo nada.

—¡Pero no, Mica! Es otro índice el que tenés que mirar.

—¿Cuál, mami? Porque solamente tengo dos, el de la mano derecha y el de la izquierda. Ah, se me ocurre una idea. A lo mejor los pies también tienen índices.

—No, no tienen.

—Bueno, pero algo tienen que ver con los libros, porque la seño nos dijo que muchas veces en las páginas se ponen notas al pie.

—Sí, Mica, pero eso quiere decir que se pone una nota al pie de la página.

—Mami, en los libros que yo conozco nunca vi que las páginas tuvieran pies. ¿Los libros de los grandes tienen? A ver, mostrame alguno de los tuyos. Quiero ver si los pies de los libros andan descalzos o si usan zapatos.

—Mica, los libros no tienen pies. Los de los grandes tampoco.

—Y si no tienen pies, ¿me querés decir cómo le ponen notas al pie?

—No le ponen notas al pie. Cuando se habla de un libro, nota al pie quiere decir que se pone una nota al final de la página.

—A nosotros la seño nos pone una nota en las pruebas solamente, no nos pone notas en cada página del cuaderno.

—Mica, esas son otra clase de notas que la maestra pone para evaluar.

—¿Quién es Eva Luar, mami?

—Qué sé yo quién es. No la conozco.

—Pero dijiste que la seño pone notas para Eva Luar. A lo mejor es una amiga de ella, pero como sabés el nombre pensé que la conocías.

—¡No, Mica! Para evaluar quiere decir para estimar lo que aprendieron.

—Ah, por eso a veces nos dice “estimados alumnos”, porque se lo pasa estimando lo que aprendimos.

La madre de Micaela se dio media vuelta y salió de la habitación, cuando escuchó:

—Mami, ¿qué hacés?

—Nada, nena. Me voy a quedar un rato con la boca cerrada. Me parece importante que las madres y las hijas estén en silencio.


FIN




Son muchas preguntas y todas juntas
Adela Basch; ilustraciones, Perica.
Colección: Ala delta. Serie azul
Edelvives, 2009


Para preguntas curiosas, ¡respuestas desopilantes!

Hay preguntas que tienen respuestas claras. Si alguien nos dice cómo nos llamamos o dónde vivimos, todos sabemos qué responder. Sin embargo, los protagonistas de estos cuentos no tienen preguntas tan sencillas: ¿por qué se llama “plato del día” a algo que comemos de noche? ¿A alguien que “no tiene palabras” hay que regalarle un diccionario? Este libro tiene algunas respuestas desopilantes para esas preguntas que vienen todas juntas.

Índice
Introducción
- Estimados alumnos
- Un diccionario de regalo
- Aborígenes privados
- La reina de las plantas
- Hojas rayadas
- El tiempo hablará
- Giro obligatorio
- Árboles y papeles.


Visto y leído en:
https://www.7calderosmagicos.com.ar/Druida/Cuentos/Basch/estimadosalumnos.htm
https://www.edelvives.com.ar/sl/Catalogo/p/son-muchas-preguntas-y-todas-juntas



Cuento» La bella rugiente, de Adela Basch y Luciana Murzi


Hubo una vez una reina y un rey a los que la gente quería mucho.
Y también era mucho lo que la gente sufría al ver que la reina y el rey deseaban tener hijos y no podían.

Hasta que finalmente un día ocurrió lo que todo el reino esperaba. La noticia corrió de boca en boca y de corazón a corazón. ¡Acababa de nacer una pequeña princesa!


Y para celebrarlo hubo en el reino de nuestro cuento una gran fiesta. La reina y el rey, que estaban contentísimos con el nacimiento de su hija, invitaron a todos sus amigos del reino y de los países vecinos.

También invitaron a todas las hadas que conocían, que eran siete, para que fueran las madrinas de la recién nacida. Porque en esos tiempos las hadas acostumbraban dar un don a cada niña y a cada niño que nacían. Es muy posible que eso siga ocurriendo hasta el día de hoy, aunque haya muchas personas que dejaron de creer en la existencia de las hadas.

Pero la reina y el rey, tan entusiasmados que estaban con su princesita y con la fiesta, cometieron un grave error. Gravísimo. Un error terrible. Espantoso. Un error que todos lamentarían mucho con lamentaciones tremendas. Bueno, en realidad lo que cometieron no fue un error. Fue un olvido. Y ellos no tuvieron la culpa.

Esto fue lo que pasó: cuando los músicos comenzaban a llenar los salones del palacio de sonidos maravillosos y los platos se llenaban de manjares sabrosísimos y los vasos se llenaban de bebidas deliciosas y todas las caras se llenaban de sonrisas alegres, entró un hada llena de maldad y el aire se llenó de sus feroces gritos.

—¿Se puede saber por qué a mí no me invitaron?

Por un momento todos se quedaron sorprendidos y paralizados al oír esas palabras. Por fin la reina reaccionó y, horrorizada ante la inesperada visitante, respondió:

—Porque durante los últimos treinta años no hay nadie que se haya encontrado con usted, ni que la haya visto ni que tuviera noticias suyas.

—Y, además, porque todos creíamos que se había mudado o ido de viaje por el mundo. Nadie sabía que estaba acá —agregó el rey.

—¡Yo tengo derecho a estar en esta fiesta aunque no me hayan invitado!

—Yo no sé si usted tiene derecho o tiene torcido, pero, por favor, dígame cómo quería que la invitáramos si no sabíamos dónde estaba —exclamó la reina con indignación.

—¡Eso no es asunto mío! ¡Ustedes no me invitaron y se terminó! Y ahora, si me permiten, creo que en esta fiesta hay músicos demasiado buenos y manjares demasiado exquisitos para que sigamos discutiendo. Sugiero que disfrutemos de este momento —dijo el hada malvada y se abalanzó sobre los platos de comida y las jarras de bebida y durante un largo rato se dedicó solo a llenarse el estómago.

Justo cuando empezaba a sentir que ya no le cabía ni una miga de pan, vio que todas las otras hadas se acercaban a la cuna donde sonreía la pequeña princesa y comenzaban a darle sus dones. Entonces, ella se ubicó en el último lugar.

Una tras otra, las hadas le fueron diciendo frases muy agradables como: “Serás muy inteligente”, “Tendrás muchísimos amigos y amigas”, “Tendrás fuerza de voluntad para lograr lo que te propongas”, “Tu corazón estará colmado de bondad”, “La felicidad te acompañará toda la vida”. Hasta que llegó el turno del hada malvada. Y esto fue lo que dijo:

—Cuando la princesa esté creciendo y vaya camino de dejar de ser adolescente para convertirse en mujer, se pinchará con una aguja de coser y morirá.


Después, largó unas grandes risotadas y se fue, mientras todos volvían a quedar sorprendidos y paralizados por el temor. Bueno, en realidad no todos. Porque la pequeña princesa, que por cierto era muy bella, como lo son todos los bebés, se irguió en su cuna. Y aunque era casi una recién nacida, rugió con todas sus fuerzas, que eran muy grandes: “Grrrrr grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr”.

Nuevamente, todos se sorprendieron y se paralizaron. No, todos no. Hubo un hada petisa y regordeta que desde el fondo del salón dijo tímidamente:

—Disculpen, pero una de mis habilidades mágicas es saber interpretar rugidos. Pero no sé si voy a poder repetir lo que acaba de decir la niña...

—¡Por favor, señora hada, traduzca las palabras de nuestra hija! —le rogaron el rey y la reina.

—Ehhh... bueno... Acaba de decir ni más ni menos lo siguiente: “¿Pero quién te creés que sos?”.

La niña siguió rugiendo, y el hada siguió traduciendo para el resto de los presentes.

—Grgrgrgrgrrrrrrrrrrrrrrr grgr gggrrrgrr gr.

—Ahora la princesa dice: “Escuchen bien todos. Por un tiempo no hay nada que temer. Van a pasar unos cuantos años hasta que yo esté en camino de dejar de ser adolescente. Por ahora soy solamente un bebé. Así que tranquilícense, disfruten de esta maravillosa fiesta y vivan en paz”.

Aunque toda la gente, incluidos la reina y el rey, estaban un poco confundidos por el idioma en el que hablaba la niña y también un poco mareados por las traducciones del hada, lograron serenarse y la fiesta continuó.

Y hasta que aprendió a hablar como lo hace cualquier chica o chico, la princesa continuó comunicándose en el idioma de los rugidos, sobre todo cada vez que pasaba cerca de alguien que estuviera cosiendo o cuando veía una aguja. Pero, lamentablemente, nadie entendía lo que decía porque el hada que sabía comprender qué significaba “grrr” y qué cosa “grgrgrggrg” no había aceptado vivir en el palacio ya que tenía otras muchas obligaciones mágicas que cumplir por el mundo.

Lo curioso fue que los rugidos nunca abandonaron a la princesa. Aprendió a hablar, sí, pero lo hacía en un volumen tan alto pero tan alto que sus palabras seguían sonando como rugidos furiosos. Fuera de eso, su vida de niña fue muy parecida a la de los otros niños que vivían en el mismo reino. Y lo mismo sucedió con los primeros años de su adolescencia.

Pero un día, cuando esta etapa de su vida iba llegando a su fin y todos parecían haber olvidado la amenaza del hada malvada, la princesa gritó:

—¡Quiero que ya mismo venga alguien que sepa mucho de ciencias y de inventos y que tenga una gran sabiduría!

Como su rugido había sido tan fuerte, se había escuchado en todo el reino y también en los países vecinos. Por eso inmediatamente se presentó una mujer con aspecto de científica, de sabia y de inventora.


En cuanto la princesa la vio, percibió que la mujer era exactamente lo que parecía ser.

—Por favor —exclamó con un rugido que a pesar de ser un rugido era amable y cortés—, necesito una vacuna contra pinchaduras de aguja.

—Pero… eso es algo que no existe, querida princesa.

—Ya lo sé. Si existiera, no la habría llamado. Pero hay muchas cosas que no existen hasta que alguien las inventa.


—Está bien, querida, ya entendí —dijo la mujer con aspecto de científica, de sabia y de inventora, que tenía una mente más rápida que un relámpago. Y después de despedirse, se marchó.

Una semana después, la mujer volvió al palacio. Traía un frasco en la mano y se dirigió a la princesa:

—Bébete todo el contenido antes del almuerzo. Es una vacuna contra pinchaduras de aguja. De aquí en adelante ninguna pinchadura podrá hacerte daño.

La princesa le agradeció y le dio un abrazo. La reina y el rey la saludaron con una reverencia y le aseguraron que recibiría una merecida recompensa.

Todo el reino suspiró aliviado y la gente se fue olvidando del hada malvada. Incluso la princesa, para demostrar la efectividad de la vacuna, dedicó todas sus tardes a la costura y al bordado. Se pinchó una y mil veces sin sufrir ninguna maldición, salvo algunos dolores que la joven acompañaba con rugidos atronadores.

Un tiempo después llegó al reino un joven que enseguida llamó la atención de todos. Recorría las calles preguntando en voz alta: “¿Dónde está?, ¿dónde está?, ¿dónde está?”. Como nadie sabía qué estaba buscando, nadie le respondía y se pasó varios días caminando de un lado a otro y preguntando lo mismo.


Hasta que llegó al palacio, entró a los jardines y encontró a una muchacha a la que, por supuesto, preguntó:

—¿Dónde está?

—¿Dónde está quién? —preguntó a su vez la muchacha, que no era otra que la princesa.

—Soy un príncipe y se supone que vengo a despertar a una bella princesa que parece muerta desde hace años pero que va a revivir con mi beso.

—Ah, soy yo —dijo la princesa.

—Pero se supone que un hada malvada te hechizó y te pinchaste con una aguja y te quedaste como muerta y todo el mundo está esperando que yo llegue para despertarte de un sueño de años.

Entonces la princesa soltó un rugido tan poderoso que no solo atravesó los oídos del príncipe sino los de todos los habitantes del reino y de varios países vecinos.

—¿Vos te creés que iba a esperarte sentada? ¿Y si no venías? ¿Y si te perdías? ¿Y si te morías antes de encontrarme? Yo no iba a dejar que mi vida dependiera de algo tan incierto.

—Bueno, esteeee, pero... —dijo él, intentando armar una frase sensata.

—Además, yo coso, bordo, hilvano y tejo. Me pincho cuando quiero y no me muero ni un poco. También duermo siestas y me despierto cuando se me da la gana.

—¿Y ahora qué hago? —murmuró el príncipe con un hilo de voz—. Yo tenía una misión para cumplir.

—¿Qué ibas a hacer para salvarme? —preguntó la princesa con una sonrisa.

—Te iba a dar un beso que te haría revivir.

—Entonces, en realidad, esa era tu misión: darme un beso. ¿Y por qué no me lo das ahora?

—¡Qué buena idea! —respondió el joven mientras la princesa y él se acercaban cada vez más.



El final de este cuento no necesita mucho más. A nadie le resultará muy difícil imaginar que al poco tiempo se celebró un casamiento. Del hada malvada nunca se volvió a saber, pero eso no tiene la menor importancia.




FIN



LA BELLA RUGIENTE
Autoras: BASCH, ADELA / MURZI, LUCIANA
Ilustración: AIMAR, GUSTAVO
Editorial: LONGSELLER


Los libros de Adela Basch y Luciana Murzi:
“La bella rugiente”, “El gato con botes”,
“Caperucita arroja” y “Blancalluvias y los siete gigantotes”

Serie Primeros Lectores. Longseller Educación
https://www.facebook.com/longseller.educacion/


Visto y leído en:

Alas de papel 2 - Guía día por día © Longseller, 2016.
https://es.scribd.com/document/311282563/alas-de-papel-2
https://studylib.es/doc/8279833/guia-diaxdia-alas-de-papel-2---visado.indd-1-20-10

Ilustraciones: Gustavo Aimar
http://mimesa.blogspot.com/
https://www.flickr.com/photos/ilustraaimar/
https://aimargus.wixsite.com/gustavoaimar/libros




Cuento» Una mujer alada

Una mujer.

Una mujer como cualquier otra entre millones de mujeres. Pero, aunque esto no la diferencie en nada de las demás, ella se llama a sí misma yo.

Una mujer que vive en una gran ciudad con adecuadas comodidades y está casada y es razonablemente feliz en su matrimonio. Si es que el amor y la felicidad admiten razonabilidades.

Una mujer que tiene algunos hijos y que además de ser un pilar de la bonanza familiar trabaja afuera, de lunes a viernes, en una oficina que por suerte en este caso queda relativamente cerca de su domicilio. Lo cual desempeña un papel fundamental en los acontecimientos que más adelante se relatarán, porque sin ello otro hubiera sido el cantar.

Una mujer de edad madura que siempre disfrutó del caminar y desde el principio ha decidido permitirse el sobrio ejercicio de realizar a pie el trayecto que media entre su casa y su trabajo, todos los días de lunes a viernes a la misma hora, salvo que llueva a torrentes o caiga granizo o nieve lo cual en este caso a decir verdad pocas veces acontece.

Bueno, esta mujer de la que hablamos hace veinte años que camina a su trabajo todos los días por la misma senda, que es en realidad una misma avenida ciudadana, con los mismos semáforos y los mismos edificios y los mismos comercios y los mismos carteles con anuncios publicitarios, aunque en veinte años nada sea lo mismo, pero en apariencia la senda es la misma y ella también.

Y ocurre que un día esta mujer, por algún sino, que seguramente para ojos entendidos habrá estado inscripto en las líneas de sus manos, en su horóscopo, en las figuras que hubiera trazado el I Ching de haberlo ella consultado, o en la borra del café que bebió esa mañana y nadie leyó, decide dirigirse a su trabajo por un camino distinto del que hace veinte años viene a diario transitando. Un mínimo desvío, un ínfimo corrimiento.

Ella no es consciente de que tiempo después protagonizará este cuento.

Esta mujer sólo percibe una oscura voluntad de tomar un camino hasta el momento desconocido, de apartarse de la vertiginosa avenida y tomar por una calle menos ruidosa, de volver a doblar la esquina y dejarse tocar por la espaciosa quietud de una callecita cualquiera. Ella no se asombra cuando un leve rumor la roza. Ni después, cuando el silencio la abraza. Ni un poco más tarde, cuando todas las calles se vuelven un sendero de arena.

Ahora sus pies son dos pies descalzos que murmuran sobre la arena, mientras la tarde entona una canción callada y desde adentro de sí misma el silencio florece en un crepúsculo que es amanecer y océano y montaña y viento y fuego, y se suceden las noches y los días en una inmensidad que está al mismo tiempo en todas las inmensidades.

Aquello que se acerca ahora es una caravana de hombres y mujeres y camellos que avanzan sobre una infinita sucesión de granos de arena.
Y cuando llegan ante ella la rodean y se hincan en reverente círculo a sus pies.

—Oh, reina que llegas de lejos. Danos un árbol que nos alimente, que aplaque nuestra sed, que nos ofrezca sombra.

Entonces ella pidió un puñal de fina empuñadura y se cortó un mechón de los cabellos. Y con manos firmes cavó un profundo pozo en las honduras ondulantes de la arena y depositó allí sus cabellos recortados y los enterró.

E inmediatamente la arena dio a luz un árbol robusto de frondosas ramas. De unas ramas pendían hojas de delicado aroma, de otras frutos y de otras, colores. De la rama más tersa colgaba un mechón de cabellos, idénticos en todo a los cabellos de ella.

Entonces los hombres y las mujeres y los camellos se saciaron con los frutos y retozaron a la sombra y se regocijaron con los colores. Y cuando sus corazones y sus músculos y sus miradas estuvieron rebosantes cada uno se cortó un puñado de cabellos y los entregó a la arena. Y el desierto dejó de ser desierto y se hizo bosque.

En ese momento ella no se detuvo, sino que siguió caminando entre los árboles, por sobre las raíces, por debajo de la techumbre de las ramas.

Y cuando el último árbol quedó atrás, lo que aparece ante los ojos de esta mujer es el mar. Una extensión de un bramido azul inabarcable. Y entre el mar y ella la playa. Y sobre la playa una botella. Y dentro de la botella unas gotas de ron, que no alcanzan a borronear el mensaje.

Ahora ella construye una embarcación que no cuadraría llamar barca ni navío.

Y sobre esa embarcación se entrega a las aguas. Se deja mecer. Y las aguas se dejan hendir por los remos, que tejen las gotas del mar como dos agujas que a cada puntada entretejen las hebras del agua hasta formar una alfombra de líquida trama.

Y ella llega entre las olas hasta los restos insomnes de un antiguo palacio flotante, donde todo ha sido engullido por la boca rugiente del agua. Sobre unas maderas roídas por la sal y el viento sobreviven unos pocos hombres y mujeres jóvenes y algunos niños.

—Has llegado, Emperatriz. Llévanos a tierra firme.

Entonces ella se pincha los dedos de las manos y se frota los hombros con el rocío de las gotas de su propia sangre. Y en el fresco jardín de sus espaldas florecen, gemelas, dos alas.

Ella es una mujer que emprende vuelo llevando un puñado de náufragos sobre las alas.

Y cuando pisa la arena de la playa ve que el horizonte es un espejo de infinitas ventanas. Y abre una de esas ventanas y pasa a través de ella y está en su casa.

Y cuando llega su marido, le dice:

—Querido, hoy cociná vos porque yo estoy cansada.




FIN

© Graciela Montes


En Cuentos Argentinos. Antología para gente joven,
Alfaguara, Buenos Aires, 1998.




Sinopsis: A cada uno de los autores aquí reunidos - exponentes indiscutibles de la mejor literatura argentina para niños y adultos - se le pidió un cuento que, por su temática o su tratamiento, estuviera dirigido a lectores jóvenes. El resultado es esta antología, integrada por quince relatos - en su mayoría inéditos - que abarcan todos los registros y enfoques de un género fascinante.
Del humor al terror, del realismo intimista a lo fantástico, estos cuentos escritos por argentinas y argentinos de hoy proponen el camino de la imaginación, el juego y la aventura. La meta de ese trayecto no es otra que descubrir o reafirmar el incomparable placer de la lectura.

Índice de contenidos de este libro

Prólogo……… Pág.7

Flores, Jorge Accame……… Pág.11
Una mujer alada, Adela Basch……… Pág.17
En puntas de pies, Elsa Bomemann……… Pág.23
Los tres apuntes de Tim, Oche Califa……… Pág.31
Una de terror, Pablo De Santis……… Pág.39
Mar de fondo, Laura Devetach……… Pág.47
Lo mejor que se tiene, Griselda Gambaro……… Pág.53
Las luces del puerto de Waalwijk vistas desde el otro lado del mar, Angélica Gorodischer……… Pág.65
Huérfano, Ricardo Mariño……… Pág.71
Huevo, Graciela Montes……… Pág.81
El diosito, Gustavo Roldán……… Pág.87
Marilin se ramifica, Silvia Schujer……… Pág.93
Princesa, mago, dragón y caballero, Ana María Shua……… Pág.99
Novios de madre, María Elena Walsh……… Pág.119
Ciencias naturales, Ema Wolf……… Pág.139
Noticia sobre autoras y autores……… Pág.151



VIDEO:
"UNA MUJER ALADA" - ADELA BASCH




Fuente: UN ÁNGEL PARA TU SOLEDAD - FM INFINITA 89.7 MHZ
Relato María Frascara


Visto y leído en:

MUJERES QUE ESCRIBEN
Blog de divulgación. Narradoras, Poetas, Críticas. Selección de textos. Lecturas recomendadas. Artículos Relacionados. Reflexión sobre la Escritura. Enlaces literarios.
http://mujeresqueescriben.blogspot.com.ar/2008/07/una-mujer-alada.html
Video: Radio en Vivo
https://www.youtube.com/watch?v=9qdXh-73l8M


En este preciso momento en que damos comienzo a un nuevo cuento, vemos algo que nos produce una maravillosa sensación y nos llama muchísimo la atención.

Miramos bien y realmente nos sorprende que frente a nuestros propios ojos haya un gato que es todo, todo, pero todo… ¡rojo!


Le preguntamos cómo se llama. Se va. Parece que no quiere decirnos nada. Pero enseguida está de regreso. Viene con algo. ¿Qué será eso?

Da la impresión de que tiene una pizarra y también un trozo de tiza entre las garras.

Sí. Es eso exactamente lo que trae. Ahora se detiene. Está muy atento. Nada lo distrae.

Se pone a escribir. Las letras van formando palabras:

“Soy el único gato rojo del mundo. Soy rojo desde la punta de la cola hasta el pelo. Si quieren saber cómo me llamo, les digo que mi nombre es Carmelo”.

Estamos verdaderamente sorprendidos. Un gato rojo es algo que hasta ahora no habíamos conocido.
Nunca habíamos visto a uno que fuera de ese modo.

Pero. . . parece que eso no es todo.

¿A qué no saben lo que viene por el camino? ¡Nunca se lo van a imaginar, a menos que sean adivinos!

¡Ahora sí que la ven! Por favor, mírenla bien. Es la única que hay en toda la Tierra. Es completamente verde.
Y es una. . . perra. Tiene verdes las patas y las orejas, el hocico, los dientes y hasta las cejas.


Le decimos que queremos saber cómo se llama. Pero no sabemos si va a contestar. Tal vez no tenga ganas.

Trae un lápiz y un cuaderno, y nos mira con ojos tiernos.

Escribe: “Soy una perra verde, que siempre está contenta y por eso nunca muerde. Verdes son mis ojos, mi lengua y mi piel. Y mi nombre es Isabel”.

¡Esto es asombroso! Estamos conociendo animales maravillosos.

Y parece que hay más. ¡Miren! Llega alguien que no hemos visto jamás. Es un caballo muy joven. Mejor dicho, es un potrillo. Y es totalmente amarillo.


Es de un color realmente bello. Tiene amarillas las crines y el cuello. También los cascos, el hocico y hasta los tobillos.

Por supuesto, le preguntamos cómo se llama. Pero igual que los demás, calla.

Enseguida busca una ramita y escribe en el suelo: “Mi nombre es Marcelo. No hay otro como yo. Soy un potrillo de un color como nunca antes se vio. Soy amarillo por donde se me mire. Algo que no existe ni siquiera en el cine”.

¡Esto es realmente increíble! ¡Algo que no creíamos posible!

Y sin embargo, está claro que las sorpresas no terminaron.

Acá llega alguien de color azul que camina. Y es nada más y nada menos que una preciosa gallina.


Es la primera vez que vemos una gallina del color del mar. Sin duda, es algo que nunca podremos olvidar.

También a ella le preguntamos cómo se llama, aunque estamos seguros de que no dirá nada.

Pero vemos que saca de algún lado una libreta y un crayón de color violeta.

Ya se pone a escribir: “Obsérvenme bien, porque soy alguien que no habían visto aún. Una gallina toda de color azul. Tengo azul el pico y las plumas, la cabeza y toda mi figura. Y los huevos que pongo también son azules. Azul es la cáscara, la clara y la yema. Y si quieren saber mi nombre, les digo que me llamo Ema”.

La verdad es que nuestro asombro es colosal. Es muy grande. Es enorme. Es inmenso. Es un asombro gigante y que no tiene igual.

¿Cómo es posible que exista lo que han visto nuestros ojos? Para empezar un gato todo rojo.

En seguida, una perra completamente verde que siempre, siempre está alegre. Después, un potrillo que por donde se lo mire es amarillo.

Y por último, una gallina totalmente azul, con plumas que parecen hechas de tul.

¿De dónde habrán salido estos animales fabulosos que nunca habíamos visto, ni siquiera con un telescopio poderoso?

Les preguntaremos a ellos mismos, que ya parecen tener una actitud honesta. Tal vez quieran darnos alguna respuesta.

El gato rojo les hace gestos para que escriban todos juntos en la pizarra que trae entre las garras.

Y ahí están apareciendo las palabras, pero todavía no podemos ver lo que dicen porque ellos las tapan.

¡Ahora sí podemos leer sin dificultad y entendemos lo que dicen con absoluta claridad!

Sepan que acaban de hacer un importantísimo descubrimiento. Gatos rojos, perras verdes, potrillos amarillos y gallinas azules existen solo en los libros y en los cuentos.


FIN



Visto y leído en:
EDAIC Varela - Biblioteca infinita
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2013/07/biblioteca-infinita.html
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2014/02/adela-basch.html
http://www.pakapaka.gob.ar/videos/106868
Imagen Girls reading book in park with rainbow in sky Free Vector - By brgfx / Freepik



Personajes
Señora
Cajera
Supervisor
Gerente



ESCENA UNO

La escena transcurre en un supermercado. La señora está en la caja, pagándole a la cajera.


Cajera: Su vuelto, señora.

Señora: Gracias. Buenos tardes.

Cajera: Un momento. Todavía no se puede ir. ¿No vio ese cartel? (Lo señala y lo lee.)"Señores clientes es obligación mostrar la cartera a las amables y gentiles cajeras".

Señora: Discúlpeme, pero yo no se la puedo mostrar.

Cajera: ¿Qué dice? Imposible. Me la tiene que mostrar antes de salir.

Señora: Por favor, no insista, señora cajera. No le puedo mostrar la cartera.

Cajera: Mire, lo lamento, pero es el reglamento. ¿Me está escuchando lo que le digo?

Señora: Sí, la escucho. Pero lo siento mucho. No-le-pue-domos-trar-la-car-te-ra" (Pronuncia las últimas palabras con mucha fuerza.)

Cajera: Pero, ¿qué es esto? ¿Cómo que "no-le-pue-do-mos-trarla-car-te-ra"? (Imita la forma en que lo dijo la señora.)

Señora: (Grita) ¡No me haga burla!

Cajera: ¡Y usted, mejor no me aturda!

Señora: ¡Y usted, no diga cosas absurdas!

Cajera: Creo que usted exagera. Solamente le pedí que mostrara la cartera.


Señora: Por favor, no me haga perder el tiempo. Estoy apurada. Tengo invitados para la cena.

Cajera: ¿Ah, sí? ¡Qué pena! Si está apurada, no sé qué espera. ¡Muéstreme la cartera!

Señora: ¡Déjese de pavadas! ¡No se la muestro nada!

Cajera: ¡No me hable de ese modo! ¡Y mejor me muestra todo!

Señora: ¿Pero qué tiene usted en la sesera? No se la puedo mostrar y no es porque no quiera. Lo que pasa, mi querida, es que no tengo cartera.

Cajera: ¿Cómo? ¿Está segura?

Señora: (Toma una planta de lechuga.) Como que esto es verdura.

Cajera: ¡Pero qué locura! No puede ser. No sé qué hacer. No sé qué pensar. No sé cómo actuar. A ver, empecemos otra vez. Yo le pido a usted que me muestre la cartera y...

Señora: Y yo le digo que no se la puedo mostrar aunque quiera, simplemente porque no tengo cartera.

Cajera: ¿Y ahora qué hago?

Señora: Haga lo que quiera.

Cajera: Muy bien, quiero ver su cartera.

Señora: ¡Pero no tengo!

Cajera: No comprendo... No entiendo... Soy la cajera y estoy obligada a revisar las carteras. Usted no tiene cartera, así que no puedo cumplir con mi obligación. ¡Qué situación! ¡Qué complicación! Esta situación imprevista me saca de las casillas. ¡Necesito mis pastillas!

Señora: ¿Quiere una de menta?

Cajera: No, no me gusta la menta.

Señora: Lo lamento.

Cajera: ¿Qué lamenta?

Señora: Que no le guste la menta.

Cajera: (Toma un teléfono) ¡Por favor, por favor, que venga el supervisor!


ESCENA DOS

Entra el supervisor.


Supervisor: ¿Qué sucede? ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?

Señora: Me quiero ir a mi casa. Compré, pagué y me quiero ir. Pero la cajera insiste en que muestre la cartera. Y yo...

Supervisor: Es correcto. Si no la muestra, no se puede ir. (Saca del bolsillo un papel enrollado y lo desenrolla.) Así dice el reglamento de este establecimiento.

Cajera: ¿Vio, señora, que no miento?

Señora: Sí, pero no tengo nada que mostrar.

Supervisor: ¿Por qué? ¿Tiene algo que ocultar? ¿Lleva algo sin pagar?

Señora: No, señor supervisor, usted está en un error. ¡No soy una delincuente! ¡Soy una mujer decente!

Supervisor: Entonces, ¿qué espera? ¡Muéstrenos la cartera!

Señora: Señor, si no se la muestro, no es por mala voluntad.

Supervisor: ¿Y por qué es?

Señora: ¡Terminemos con esta sonsera, trate de entender que yo no tengo cartera!

Supervisor: Entiendo. Es una situación complicada, pero no puedo hacer nada. (Mira el papel.) Tenemos que cumplir con el reglamento. Y el reglamento dice...

Cajera: Que es obligación de los clientes mostrar la cartera...

Señora: ¡A las amables y gentiles cajeras! ¡Pero yo no traje cartera!

Supervisor: Señora, lo hubiera pensado antes. No se puede salir a hacer compras de cualquier manera. El reglamento es el reglamento. Y hay que cumplirlo. Si no, ¿dónde vamos a ir a parar?

Señora: ¡Yo quiero ir a parar a mi casa! ¡Esto es una locura!

Supervisor: Usted es una cabeza dura. Si hubiera traído alguna cartera... no tendríamos este problema.

Señora: Señor, no traje cartera y no me voy a quedar aquí toda la vida. Así que pensemos en alguna solución.

Supervisor: A mí no se me ocurre. Las situaciones imprevistas me paralizan el cerebro.

Cajera: Y a mí me atacan los nervios. Señora, usted me está impidiendo cumplir con mi obligación de revisar las carteras, y eso me confunde, me irrita y me desespera. Se me nubla la mente...

Supervisor: Tengo una idea... ¡Llamemos al gerente!

Cajera: (Toma el teléfono) Por favor, es muy urgente. ¡Necesitamos al gerente!


ESCENA TRES

Entra el gerente.


Gerente: ¿Qué sucede?

Supervisor: Tenemos un problema.

Cajera: Una situación imprevista. La señora quiere irse sin mostrar la cartera.

Gerente: Eso es imposible.

Cajera: Es incomprensible.

Supervisor: Es increíble.

Gerente: Además, es contrario al reglamento.

Cajera: Y el reglamento...

Supervisor: ...es el reglamento.

Gerente: Señora, usted tiene la obligación de mostrar la cartera.

Señora: Lo siento, no traje cartera.

Gerente: Si no la trajo, es porque no quería mostrarla. Y si no quería mostrarla, seguramente quería ocultar algo.

Señora: Pero señor...

Gerente: Déjeme terminar. Si quería ocultar algo, tal vez se lleve algo sin pagar.

Señora: Pero señor... si no la traje, ¿cómo voy a ocultar algo?

Gerente: Ya le dije. ¡No la trajo porque no la quería mostrar! ¡Y el reglamento dice que tiene que mostrar la cartera!

Señora: ¿Pero qué cartera?

Gerente: ¿Qué sé yo? ¡Cualquiera!

Señora: ¿Cualquiera, cualquiera, cualquiera?

Gerente: Sí, cualquiera. ¡Pero muestre la cartera!

Señora: Muy bien. Gentil y amable cajera, ¿tendría la bondad de prestarme su cartera? Por un minutito, nada más.

Cajera: Está bien. Tome. (Le da su cartera.)

Señora: ¿Quiere revisarla, por favor?

Cajera: ¡Como no! (La abre y la mira por todos lados.) Está bien.

Señora: Entonces, me voy. Le devuelvo su cartera.

Cajera: Gracias por su compra. Vuelva pronto. Da gusto atender a clientes como usted.

Señora: (Tratando de disimular su fastidio.) Sí, sí, cómo no.

Supervisor: Ah, nos podemos quedar tranquilos.

Gerente: Tranquilos y contentos. ¡Hemos cumplido con el reglamento!


TELÓN



“El reglamento es el reglamento” de Adela Basch en El reglamento es el reglamento. Grupo Editorial Norma. 2002. © Adela Basch © Editorial Norma S.A. Ilustraciones: Mónica Pironio Diseño de tapa y colección: Campaña Nacional de Lectura Colección: “Las Abuelas nos cuentan”



El reglamento es el reglamento
Adela Basch
Ilustraciones de Pez.
Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2002.
Colección Torre de Papel, serie Torre Azul. (Desde los 9 años.)

"El reglamento es el reglamento encabeza un conjunto de piezas teatrales tan divertidas como ingeniosas, por donde circulan personajes de lo más extraños, como un señor que se resiste a vivir en la calle Conesa, o una cajera de supermercado que se empeña en cumplir el reglamento a toda costa. Adela Basch nos brinda doce obras que nos hacen reír de las situaciones más absurdas, de las discusiones más disparatadas y de todos los malentendidos posibles (pero también de algunos imposibles)."
(Texto extraído de la contratapa del libro.)


Visto y leído en:
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2014/02/adela-basch.html
http://elegirleer.blogspot.com.ar/2014/05/el-reglamento-es-el-reglamento.html
http://leerporquesi-1007.blogspot.com.ar/2013/03/basch-adela-el-reglamento-es-el.html

Teatro» BELLOS CABELLOS

Personajes
Miguel
Laura

ESCENA UNO

La escena transcurre en la peluquería. Hay un reloj que marca las once. Entra Laura, mujer de cabellos largos, y la recibe amablemente Miguel, el peluquero.


Miguel: Adelante, tome asiento aquí, por favor.

Laura: (Se sienta.) Gracias. Mire, me gustaría cortarme un poco. Creo que mi pelo está demasiado largo y sin forma, y tengo ganas de cambiar de aspecto. Quisiera un corte nuevo, con algo de original y algo de sugerente.

Miguel: ¿Con algo de mi gerente? Pero, señora, mi gerente es pelado. ¿Qué quiere, que la rape?

Laura: Pero no, quiero un corte novedoso, con una caída así (hace un gesto con las manos), como suave.

Miguel: ¿Cómo mi ave? ¿Con una caída como mi ave? Señora, yo tengo un canario, pero no se anda cayendo, vuela muy bien.

Laura: Mire, yo lo que quiero es un buen corte de pelo. Y que me de un aspecto más juvenil, más seductor, mimoso.

Miguel: ¿Su mozo?

Laura: No, mimoso. Mi-mo-so.

Miguel: Éso, su mozo. Señora, sepa que yo no soy su mozo. En todo caso, soy su peluquero.

Laura: (Suspira hondo.) Quiero un nuevo corte de pelo. ¿Qué me propone?

Miguel: (Pensativo.) Hum, veamos. Eso hay que estudiarlo. (Le pone las manos sobre la cabeza, le toma los cabellos, se los levanta y los deja caer de a poco.)
Hum, ¿cortar? No sé. Espere un momento. (Inclina la cabeza sobre la de Laura y apoya una oreja sobre su pelo.)


Laura: ¡Eh! ¿Qué hace?

Miguel: Me estoy concentrando en su cabello, para escuchar lo que necesita. Acá trabajamos así. Son las últimas tendencias internacionales en el cuidado de cabello.
Antes se trabajaba de cualquier manera. Pero ahora los peluqueros verdaderamente responsables escuchamos al pelo para saber que es lo que pide. (Levanta la cabeza.) Y lo que este cabello necesita, señora, no es un corte, sino una leve intensificación de color.

Laura: ¿Ahora? ¿Le parece?

Miguel: Sí, sí, le va a encantar.

Laura: Bueno, no sé, ¿usted cree…?

Miguel: Se lo aseguro. Señora, relájese y deje su cabeza en mis manos.


(Laura cierra los ojos y Miguel empieza a trabajar.)



ESCENA DOS

El mismo lugar que la escena anterior, pero el reloj marca las tres. Laura está roncando. Tiene la cabeza cubierta con una toalla. Miguel está al lado, de pie.

Miguel: (Palmea las manos.) Linda siestita, ¿no?

Laura: (Despertando.) ¡Ya son las tres! Tengo que irme.

Miguel: ¡Llegó el gran momento! Mire. (Le retira la toalla de la cabeza.)

Laura: (Se mira en el espejo horrorizada.) ¿Qué es esto?

Miguel: Una hermosa tonalidad amarrojul.

Laura: ¿Amarrojul?

Miguel: Sí, una combinación de amarillo, rojo y azul. El último grito de la moda.

Laura: Aquí la que va a gritar soy yo si usted no me saca este colorinche de la cabeza. ¡Pero qué locura!

Miguel: ¿Qué lo cura? A esto no lo cura nada. No es una enfermedad, es un hermoso colorido.

Laura: Mire, si en cinco minutos su hermoso colorido no se ha ido, usted me las va a pagar.

Miguel: Disculpe, acá la que va a pagar es usted. Me tiene que pagar la tintura.

Laura: ¡Pero qué caradura! Si no me saca estos colores de mamarracho no le pienso pagar.


Miguel: Bueno, en un abrir y cerrar de ojos se lo podría dejar todo rojo.

Laura: ¡De ninguna manera! Y lo que se va a cerrar es esta peluquería si usted no me saca esta barbaridad de la cabeza.

Miguel: Entonces, se lo podría dejar zulmarillo, una deliciosa mezcla de amarillo y azul.

Laura: ¡Ni loca! ¿Qué se cree? ¿Qué soy la bandera de Boca?

Miguel: Bueno, señora, decídase. No puedo estar con usted todo el día. ¿Qué color quiere? ¿Violeta, verde, turquesa?

Laura: ¿Turquesa? ¡Me va a estallar la cabeza! ¡Quiero que me devuelva ahora mismo el color que tenía cuando vine!


Miguel: Eso es imposible. Aquí usamos tinturas de muy buena calidad, son excelentes y muy persistentes.

Laura: ¡Voy a llamar a mi abogado! ¡Esto va a terminar en sumario!

Miguel: ¿En mi Mario? Yo no tengo ningún Mario.

Laura: (Furiosa, se levanta y mientras abre la puerta grita.) ¡Le voy a hacer juicio! ¡Voy a llevar esto a la corte!

Miguel: ¡Qué corte ni qué corte! Ya le dije que su cabello no pedía corte… Y encima, se va sin pagar.



TELÓN


“Bellos Cabellos” de Adela Basch. En El reglamento es el reglamento, Buenos Aires. © Grupo Editorial Norma (colección Torre de Papel, serie Torre Azul), 2002.
Colección Leer te ayuda a crecer-Campaña Nacional de Lectura, 2007
Colección Pase libre a la lectura - Plan Nacional de Lectura, 2011

Ilustraciones: Nadia Mastromauro



Visto y leído en:
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2014/02/adela-basch.html
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2016/01/coleccion-pase-libre-la-lectura-plan.html
http://rescatederecursos.blogspot.com.ar/2016/02/coleccion-leer-te-ayuda-crecer-plan.html
http://planlectura.educ.ar/

Teatro» LLEGAR A MARTE

ESCENA ÚNICA

(La acción transcurre simultáneamente en la casa de Roberto y la casa de Mariana, separadas en el escenario por un biombo. Ambos hablan por teléfono)

MARIANA: Roberto, lo siento mucho, pero no sé si alguna vez podré llegar a amarte.

ROBERTO: Pero, yo no te pedí que fueras a Marte, te pregunté si querías salir conmigo.

MARIANA: ¿Quién habló de ir a Marte? Tendrías que poner los pies en la tierra.

ROBERTO: ¿Con este frío? Prefiero tenerlos en un par de medias, sobre todo si son de lana.

MARIANA: (Irritada) ¿De la Ana? ¿Quién es ésa?

ROBERTO: ¿Quién habló de Ana? A mí sólo me importás vos.

MARIANA: ¿Cómo te voy a importar... si vos vivís acá? Para importarte tendrías que estar en el extranjero.

ROBERTO: (Meloso) ¡Imposible! No soportaría estar lejos de vos. Prefiero que no me importes.

MARIANA: (Llorosa) Ves, al final no te importo nada.

ROBERTO: (Desesperado) No digas eso, te amo y siempre voy a amarte.

MARIANA: ¿Siempre vas a Marte? ¿Qué es eso? Tendrías que ser más realista.

ROBERTO: ¿Realista, yo? Realistas eran los españoles que no querían nuestra independencia, y yo soy criollo.

MARIANA: Pero eso era en la época de la colonia.

ROBERTO: ¿La época de la colonia? ¿Y cuál es? Porque yo uso colonia en cualquier momento del año, sea invierno o verano.

MARIANA: ¿Y qué tienen que ver las estaciones?

ROBERTO: (Muy entusiasmado) ¡Muchísimo! Podemos encontrarnos en la estación de tren y salir a pasear juntos.

MARIANA: Mirá, Roberto, no sé si la idea de salir con vos me produce interés.

ROBERTO: Claro, las ideas no producen interés, lo que puede producir interés es el dinero puesto en un banco.

MARIANA: Mirá, me estás invitando a salir, y yo te digo que no sé si quiero.

ROBERTO: (Lloroso) ¡Pero Mariana! No digas eso. Me destrozás, me quebrás en dos, me dejás partido.

MARIANA: Es que no sé si sos un buen partido.

ROBERTO: ¿Pero cómo voy a ser yo un buen partido? Si querés ver un buen partido, vayamos el domingo a la cancha a ver a Estudiantes y Defensores de Belgrano.

MARIANA: ¡Sí, vayamos! Me encantan los estudiantes que defienden a nuestros próceres.



TELÓN



Llegar a Marte
Adela Basch
Ilustraciones de Ana Luisa Stok.
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2003.
Colección Pan Flauta. (Desde los 8 años.)


Llegar a Marte reúne cuatro piezas breves publicadas anteriormente por separado: "Una cita a la tardecita", "Llegar a Marte", "Más rápido que un bombero" y "¡Pagar una factura es una aventura!". En "Una cita..." se cuenta el desencuentro de Rocío y Mateo, dos jóvenes enamorados. La pieza breve que da nombre al volumen presenta el diálogo telefónico entre Mariana y Roberto y juega con la homofonía de "llegar a amarte" y "llegar a Marte". "Más rápido que un bombero" plantea una situación disparatada: un bombero se ve interceptado por un portero, que no quiere dejarlo pasar a apagar un incendio porque no lleva con él su documento. "¡Pagar una factura...!" recrea el caos característico de las largas colas para pagar los impuestos. Ana Luisa Stok esboza los personajes y las situaciones nucleares con sobrias ilustraciones en tinta negra.


Fuentes consultadas:

EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2014/02/adela-basch.html
ADELA BASCH - Espacio cedido por ARGENTORES
http://www.autores.org.ar/sitios/abasch/amarte.htm
BIBLIOTECA IMAGINARIA
http://www.imaginaria.com.ar/11/7/teatroconhumor.htm
Artículo extraído, con autorización de su autora y los editores, del suplemento Cultura del diario La Nación (Buenos Aires, 12 de octubre de 2003).
http://www.lanacion.com.ar/534601-teatro-con-humor
PRÁCTICAS DEL LENGUAJE - blog de Adriana Marrón
http://adrianamarron.blogspot.com.ar/2014/04/adela-basch.html


Me llamo Adela Basch y la mayoría de mis amigos me conocen como Dolly. Nací en Buenos Aires a fines de 1946. Curiosamente, justo un año antes de cumplir los primeros doce meses de vida. En este momento tengo sesenta y siete años, pero debo admitir que esto no siempre ha sido así y no puedo asegurar que lo siga siendo por mucho tiempo más.

Leer y escribir empezaron a fascinarme cuando era chica. Leer, por los cuentos que me contaban a veces en mi casa y otras veces en la escuela. Escribir, cuando a los siete años me enamoré por primera vez de un compañero de colegio. Entonces comprendí que la mejor manera de expresar mis sentimientos eran los poemas que se me ocurrían. Hace tiempo que no sé nada de ese compañero, pero me las arreglé para seguir encontrando algo que me impulsara a escribir.

Mi infancia transcurrió mientras yo era una niña. En esa época tuvo lugar un hecho que me deslumbró y que después tendría consecuencias irreversibles: por primera vez me llevaron a ver una función de teatro.

Después empecé a dedicarme a algo que creo que no va a terminar nunca: aprender. Aprender de los libros, de lo que pasa en la calle, de las personas que fui conociendo, del teatro, de estar en silencio mirando algún río. Río mucho, porque me encanta reír.

Escribí muchas obras de teatro y también cuentos, poemas, chistes, colmos, historietas y otras cosas. A pesar de las diferencias que hay entre estas distintas expresiones de la literatura, lo que yo escribo tiene una característica común: se puede encontrar en los libros de los que soy autora. Entre ellos puedo mencionar: Abran cancha, que aquí viene don Quijote de La Mancha; Colón agarra viaje a toda costa; Saber de las galaxias; Un buen rato de teatro; ¿Quién me quita lo talado?; Dejame ser la Negra María y otros cuentos; José de San Martín, caballero del principio al fin; Una laguna junto a la laguna; Había una vez un libro; El reglamento es el reglamento; Chistes sin chistar; ¡Que sea la Odisea!; Llegar a Marte; Las cuatro estaciones; Belgrano hace bandera y le sale de primera; ¿Qué es esto gigantesco?; Crecí hasta volver a ser pequeña; Teatro en el acto; El velero desvelado; Martín Fierro y José Hernández: dos grandes; Son muchas preguntas y todas juntas; Caperucita arroja; Las empanadas criollas son una joya; En estas hojas detallo cómo llegó el 25 de Mayo; Edelmira Latele; La rara travesía de Ana María; A Luciano se le va la mano; y En los orígenes, los aborígenes.




Visto y leído en:
ediciones abran cancha (2013)
http://www.abrancancha.com/paginas/laeditorial_adela.html
Autores de Abran Cancha (2011)
http://abrancancha-autores.blogspot.com.ar/2011/05/adela-basch.html
Fotografía: ©La Nación (Nota: Adela Basch y una pieza teatral en verso - 12.08.2011)


Todos andaban mal por la zona del Yacuarebí. Y dicen que lo que pasó fue más o menos así.

Un día el zorro se levantó de mal humor. Tal vez porque sí nomás, tal vez porque hacía calor.

Iba pateando la tierra y por dentro se sentía en pie de guerra.

Estaba en eso cuando vio pasar a un perro mascando un hueso. Sin darle tiempo de saludar le gritó:

—¡Eh, perro! ¡Sos el más tonto del mundo!

Sin esperar ni un segundo se le tiró encima para descargar sobre él su mal humor y le dio una patada que por poco lo desmaya del dolor.

Cuando el perro se repuso, se sintió dominado por el enojo y con ganas de pelear con el primero que se le pusiera ante los ojos.

Justo en ese momento vio pasar a una liebre y la miró tan mal, que a la pobre casi le da fiebre.

—¡Eh, liebre! —le gritó—. ¡Sos la más idiota!—. Y le dio un golpe que estuvo cerca de dejarle la cabeza rota.

Cuando la liebre se recuperó, se sintió llena de furor. En ese momento vio pasar a un ratón.

—¡Eh, ratón! —exclamó—. ¡Sos tan tonto que más que tonto sos un tontón!

Y sin darle tiempo de contestar se le tiró encima y le dio un mordisco que estuvo a punto de dejarlo bizco.

Cuando el ratón se dio cuenta de lo sucedido, sintió una tremenda furia y un impulso ciego de descargarse con el primero al que le viera el pelo. El primero que pasó fue un cuis. Y sin pensarlo dos veces, le gritó:

—¡Eh cuis, sos el más estúpido de todo el país!

Después, el ratón le estampó un golpazo con la cola que lo dejó sin sentido por más de una hora.

En cuanto el cuis se pudo levantar se sintió de un humor terrible y con ganas de descargarse con cualquiera lo más pronto posible. Sucedió que pasó por allí una rana. Apenas la vio, el cuis le dijo:

—¡Eh, rana saltarina, sos lo más imbécil que vi en mi vida!

En un segundo se abalanzó sobre ella y le dio una paliza que le hizo ver las estrellas.

No bien la rana pudo volver a ponerse de pie estaba tan furibunda que al primero que viera lo iba a dejar más chato que una funda.

Entonces pasó por allí el zorro, que ya no tenía tanto mal humor aunque seguía haciendo bastante calor.

En cuanto la rana vio al zorro, sintió que sus fuerzas se multiplicaban por millones y le dio unos tremendos coscorrones.

Al zorro le volvió enseguida el mal humor, y un rato después volvió a patear al perro que se retorció de dolor. Más tarde el perro atacó a la liebre; la liebre, al ratón; el ratón, al cuis y el cuis a la rana.

Así se pasaron toda la mañana. Después, también la tarde. Mientras tanto el ánimo se les encendía cada vez más, como una fogata que arde y arde y arde.


Por la noche durmieron inquietos y nerviosos. Para cada uno los demás eran su enemigo, y les resultaba imposible descansar tranquilos.

Así estuvieron un tiempo. En sus cabezas había lugar para una sola idea: cómo estar siempre preparados para la pelea. No podían pensar en otra cosa, y ni hablar de disfrutar de alguna experiencia hermosa. Todos se insultaban, se pateaban, se golpeaban y se mordían donde se encontraran y a cualquier hora del día.

Fue entonces que una mañana sopló una brisa refrescante y llegó al lugar un mono que nadie había visto antes. Apareció frente al zorro justo cuando este andaba con ganas de descargar sobre alguien un fuerte mamporro.

Pero cuando el mono lo vio, no le dio tiempo de que lo atacara. Lo saludó con una sonrisa que le recorría toda la cara. El zorro se sintió paralizado por un gran desconcierto. Una sonrisa era algo que no veía hacía tiempo. Y en menos de lo que se tarda en decir "abracadabra" el mono empezó a soltar estas palabras:

Justo en el medio del campo
suspiraban dos tomates,
y en el suspiro decían:
¡hoy queremos tomar mate!

El zorro pasó del desconcierto al asombro y del asombro a la carcajada. Se reía tanto que tenía la expresión desencajada. Se imaginaba a los tomates con una bombilla y se reía como si alguien le hiciera cosquillas. Entonces el mono siguió:

Por el río Paraná
va nadando un surubí,
y mientras nada, comenta:
¡qué picante está el ají!

Las carcajadas del zorro eran tan grandes, que resonaban por todas partes. En pocos minutos llegaron el perro, la liebre, el ratón, el cuis y la rana, atraídos por el sonido de la risa, que hacía tanto tiempo no escuchaban. El mono siguió:

De las aves que bailan
me gusta el sapo,
porque deja la alfombra
toda hecha un trapo.

Entonces todos se largaron a reír, y rieron juntos durante todo un día hasta soltar toda la risa que hacía tiempo no reían.


Estaban de tan buen humor, que a nadie le importaba si hacía frío o hacía calor. Después inventaron entre todos muchas rimas del estilo de las que había dicho el mono. Y se les ocurrían tantas y tantas ideas, que no les quedó lugar para volver a imaginar una pelea.

Una noche sopló una brisa que venía de las estrellas, y el mono desapareció sin dejar huellas.



FIN


Del libro Cuentos con rima para los que se animan. Ediciones Abran Cancha, 2004.
Ilustracioness: Sara Sedran



Cuentos con rima para los que se animan - Adela Basch, Silvina Goldemberg, Carmen Martínez, Graciela Pérez Aguilar, Graciela Repún y Anahí Rossello
Tres astutos suricatos que huyen de un buitre hambriento, un caballero valiente llamado Julián, una chica rebelde que insiste en salir sola, unos animales de muy mal humor junto con un mono que ama las coplas, unos chicos que se divierten de lo lindo durante un apagón y un raro gato con la cola al revés son algunos de los personajes que viven en los cuentos de este libro. Hay animales que hablan y otros que no, hay personajes astutos y otros no tanto, pero todos, todos, todos, te harán morir de risa.
¿Qué mágico poder tiene la rima? ¿Por qué al leerla o escucharla las palabras suenan tan divertidas? Tal vez la lectura de este libro revele las claves de ese misterio. O tal vez siga siendo un enigma imposible de descifrar.


Visto y leído en:
- EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2014/02/adela-basch.html
-Instituto de Formación Docente Continua de Villa Regina - Río Negro
http://ifdvregina.rng.infd.edu.ar/sitio/upload/Cuentos_segundo_a%F1o_2014.pdf



Néstor Pasquini estaba tratando de dar sus primeros pasos como periodista. Hacía años que soñaba con desempeñarse en esa profesión, para la que estaba convencido de tener un talento innato. Y finalmente se le acaba de presentar una oportunidad. Después de llamar a muchas puertas y a muchos teléfonos, después de enviar muchas cartas y presentarse a muchas entrevistas, logró que un importante diario de su localidad le encargara que asistiera a un conferencia y presentara una reseña de las ideas expuestas por el disertante.

La conferencia estaba a cargo del Doctor José Sosgrandes, una eminencia en el campo de la filosofía y de un sólido prestigio ganado durante décadas de infatigable labor en el campo de las ideas.

Néstor Pasquini se sentía tan nervioso ante su primer trabajo, que la noche de la víspera no pudo pegar un ojo. Cada vez que estaba por dormirse se sobresaltaba y empezaba a pensar: “¿Qué me pongo para ir a hacer la nota, el traje azul o el traje marrón?” O si no: “¿Me dejo el bigote o me lo afeito?” O: “¿Llevo el grabador o tomo notas a mano?” Esas dudas lo acosaban de tal modo que le impidieron conciliar el sueño durante toda la noche.

Cuando llegó la hora de la conferencia, Néstor Pasquini apareció en la sala ojeroso y soñoliento, vestido con un saco azul y un pantalón marrón, con solo medio bigote, porque la otra mitad se la había afeitado y con un grabador al que le faltaban las pilas. Por suerte había decidido llevar también un anotador y una lapicera a la que todavía le quedaba algo, aunque no mucho, de tinta.

Apenas se sentó, el afamado Doctor José Sosgrandes comenzó a delinear los conceptos fundamentales de su postura filosófica ante la vida. Néstor Pasquini entrecerró los ojos y buscó en el asiento una postura que le permitiera concentrarse mejor, pero al rato se dio cuenta de que para tomar notas era necesario tener los ojos abiertos. Y para permanecer despierto, también.

Mientras el disertante hablaba, Néstor se dedicaba a dos actividades simultáneas. Una era tomar apuntes, tratando de abreviar las palabras y de ser lo más sintético posible para que la tinta le durara hasta el final de la conferencia. Y la otra era batallar contra el sueño, que hacía que los párpados se le bajaran con insistencia, como una cortina metálica a la hora de cerrar, que la cabeza le pesara más de lo que el cuello parecía ser capaz de sostener y que su mente no alcanzara el máximo nivel de lucidez. Pero justamente por estar poco lúcido, advertía que su poca lucidez le pasaba inadvertida.

Néstor Pasquini suspiró con alivio cuando la conferencia llegó a su término. En cuanto volvió a su casa decidió que a pesar del sueño, que casi le impedía mantenerse en pie, era mejor pasar en limpio las notas lo antes posible, mientras todavía tuviera frescos los conceptos expuestos.

Al día siguiente, después de descansar todo lo que pudo, llevó al diario su reseña. El primer trabajo periodístico de su vida. Sentía una enorme satisfacción.

Pero Néstor Pasquini nunca supo que al descifrar las notas y redactar la reseña de la conferencia había alterado muchas de las palabras pronunciadas por el eminente Doctor José Sosgrandes.

Por ejemplo, en un momento el prestigioso filósofo había dicho: “Quien nada espera, de todo disfruta“, mientras que en la reseña presentada por Néstor se leía: “¿Qué es pera? Todo fruta”.

“Les brindo un pensamiento sugerente, no se apeguen al autoritarismo”, se transformó en “Brindo por el pensamiento de mi gerente, no le peguen al auto ni al turismo”.

“Al que piensa con exactitud, nada le falta” quedó como “Al que piensa con esa actitud, nada lo asfalta”.

“Hay ocasiones para tener en cuenta los comentarios de los demás, y otras para pasarlos por alto” quedó como: “Hay ocasiones para pasar la cuenta a los que comen de más, y otras para pasársela a los altos”.

“Aprendan todo lo posible, no dejen que se apague la sed que extienda los confines de la mente” se convirtió en “Prendan todo lo posible, no dejen que se apague la seda de los confites dementes”.

“Es bueno ser un observador sincero, ya que tiene una importancia crítica para la convivencia” quedó como: “Sean un observador sin cero, Jack tiene una importancia cítrica para la conveniencia”.

“¡Que se rían de mis palabras! Quien no da alegría poco puede enseñar” se transformó en “¿Qué sería de mis palabras? ¿Quién no da alergia? Paco se puede ensañar”.

Estas palabras del filósofo: “Quien tema los cambios, trate de hacerles frente, y el temor decrecerá hasta convertirse en un punto minúsculo” quedaron así: “¡Qué tema los cambios! Traten de hacer que se enfrente y el tumor crecerá hasta convertirse en una punta de músculos”.

Néstor Pasquini nunca llegó a saber por qué el director del diario lo recibió en su despacho con una gran sonrisa y le dijo:

—Lo felicito, Pasquín. Desde hoy queda usted a cargo de la sección “Humor”. Hace tiempo que estábamos necesitando a alguien como usted.



FIN


Del libro "Dejame ser la negra María y otros cuentos", Ediciones Abran Cancha


Visto y leído en:
EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua)
Texto © 2008 Adela Basch. Imagen © 2008 María Paula Dufour.
Publicado y distribuido en forma gratuita por Imaginaria y EducaRed.
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2014/02/adela-basch.html


Yo estaba sentada tomando un café y leyendo unos poemas que cada tanto releo. A mi alrededor, la mayoría de las mesas estaban ocupadas y bullían las conversaciones. Se hablaba de todo: deportes, economía, política, moda, espectáculos. Parecían las secciones de un diario.

De pronto unas frases y ciertos tonos de voz me llamaron especialmente la atención. Pronunciaban las palabras con seguridad férrea, con autoridad innegable, como la que brota de la experiencia y el conocimiento.

Mientras tanto, la ciudad, el país, el continente, el planeta todo, se desplazaban en el universo infinito, como bailarines protagonistas de una coreografía estelar e imprevisible.

Tuve que interrumpir la lectura. No pude evitar seguir las alternativas de la conversación. Las voces navegaban por el aire, portadoras de palabras que, como saetas, hacía blanco en los oídos de todos.

—¡Es increíble!

—¡Es inaudito!

—Hoy en día la gente ya no tiene convicciones.

—Uno escucha a una persona decir una cosa y a los dos minutos ya dice otra completamente distinta.

—Hay una total falta de coherencia.

—Se cambia de opinión como de camiseta.

—¿Cómo puede ser que la misma persona responda a la misma pregunta de maneras tan distintas?

—¡Es que la mayoría de la gente vive como una hoja movida por los vientos, sin principios firmes, sin arraigo en una verdad última, sin fundamentos!

—¡O sumergida en un mar de inconsciencia!

—Si seguimos así, este mundo va derecho al caos.

Mientras pronunciaban las últimas frases, se incorporó al grupo un recién llegado y quiso saber qué había ocasionado tanta desazón entre sus amigos. Enseguida le explicaron.

—Mira con disimulo… ¿Ves esa mujer que está ahí, esa con blusa a lunares?

El recién llegado asintió con la cabeza.

—En distintos momentos, cada uno de nosotros se le ha acercado y le ha hecho la misma pregunta. Una pregunta fundamental para conocer la realidad en la que se vive. Y a cada uno le dio una respuesta distinta. ¡Es cosa de locos! ¡A cada uno, una respuesta distinta!

—¿Qué fue lo que le preguntaron?

—Algo simple, básico, elemental: “Por favor ¿me podría decir qué hora es?”


FIN



Del libro "Dejame ser la negra María y otros cuentos", Ediciones Abran Cancha



La obra

Este libro se compone de 13 cuentos cortos en los cuales la protagonista estelar es, sin dudas, la palabra. O mejor, el arte de combinar el sonido de cada palabra con otro.
El primero de los cuentos se llama como el libro, “Dejame ser la Negra María”, y trata sobre la pobre Ingrid, que tiene la piel blanca como la leche y todo el dinero a flor de piel, pero no sabe bailar. Y como todo llega algún día, cuando sobreviene el carnaval, ella se pinta la piel lechosa del color del carbón y sale a vivir su sueño.
El segundo cuento, “Una mujer alada”, narra la historia de una mujer que un día tomó la decisión y emprendió sin más lo más osado de toda su vida: cambiar de camino para ir al trabajo. Y como muchas veces la realidad tiene la medida del deseo, la mujer comenzó a experimentar sensaciones maravillosas como nunca una mujer sin alas había experimentado hasta allí.
“En tren de descubrimiento” es un relato sobre Joaquín Pandolfi, un juguetero, a quien siempre le desaparece su juguete más preciado: el tren con luces. La historia cuenta la investigación, cual Sherlock Holmes, que lleva adelante para dar con el cuerpo del delito.
Otros de los cuentos son: “Una vida sin fundamentos”, rara conversación que tienen en un bar varias personas, comentando uno tras otro sobre lo efímero que es el ser y el tiempo; y “Jugar a la mancha”, historia de un día en el que Zulema se dio cuenta de que podía fallar.
“¿Quién va a sacar las castañas del fuego?” es un cuento sobre el señor y la señora Resgúndez, dos millonarios holgazanes que sólo disfrutaban de comer y de hacer nada; “Una pareja bien avenida”, uno de una pareja despareja que se quiere ir de vacaciones y no sabe bien adónde; “Un viaje de películas”, el de una niña que toma el tren como si entrara a un vuelo imaginario; “Muñecas desatadas”, sobre un regalo de navidad que se sabe inanimado; y “La explosión de una pequeña partícula de risa”, el de un mundo (¿posible?) en donde los ómnibus son los reinos del malhumor, hasta que irrumpe la risa y todo se pone patas para arriba.
Los últimos tres cuentos son: “Se busca pirata”, uno con naufragios, garfios y amistades extrañas; “La verdadera enseñanza” e “Insista y sea periodista”, con las gracias que promueven los malentendidos.



Visto y leído en:

La página de Zapam Zucum
https://zapamzucum.wordpress.com/2014/08/25/una-vida-sin-fundamentos/
http://www.abrancancha.com/paginas/catalogo/guias/guias_pdf/guia_didactica_para_dejame_ser_la_negra_maria.pdf



Joaquín Pandolfi se conmocionó al notar que, una vez más, lo mejor de su juguetería se había esfumado.

Una cascada de pensamientos le cruzó la mente. “¿Cómo puede ser que cada vez que algún cliente quiere el tren eléctrico, el orgullo de mi juguetería, y me deja una seña para retirarlo al día siguiente, el tren desaparece como por arte de magia? Si esto sigue así, mi economía se va a descarrilar. Alguien quiere ponerle barreras a mi negocio. Y yo no me quiero quedar en la vía.”

Pandolfi, el juguetero, tenía alma de niño. Y por eso su mente avanzaba más rápido que la de la mayoría de las personas. Cuando pensaba, era una locomotora a mil kilómetros por hora. “Primero voy a tener que investigar a los clientes anteriores, y después, al nuevo. Quizás les pareció demasiado caro y quisieron viajar en tren sin pasar por la boletería. Es la quinta vez que pasa lo mismo. Aunque, después, el modelo que traía el fabricante era todavía mejor.

Pero ¿cómo es que el tren desaparece? Ni que fuera el tren fantasma... O tal vez el tren bala. El tren bala... va a la... ¡Eso quisiera saber yo, adónde va ese tren cada vez que alguien me lo quiere comprar!”.

El hombre tenía el alma de un niño pero la experiencia de un adulto consustanciado con la vida de cada personaje de su entretenimiento favorito: la lectura de cuentos y novelas policiales. Sherlock Holmes era para él un amigo de toda la vida. Antes de decidir qué hacer, se sentó en una mecedora, cerró los ojos y trató de pensar. Pero a su mente solo acudían palabras aparentemente deshilvanas, inconexas: entren, trenzas, entrenar, estreno, arrastren, centren, Trenque Lauquen, adentren, filtren...

Se puso de pie de un salto y llamó a su esposa y a un amigo, bien dispuesto pero bastante vago, o mejor dicho, vagón, para que lo ayudaran a resolver el enigma.

Cada uno salió a investigar a los que se habían presentado hasta la fecha como posibles compradores. Pandolfi llevaba un minucioso registro de todos los movimientos de su negocio.

Su esposa llegó a la casa de uno de los clientes disfrazada de encuestadora. Supo cómo hacer para que en tres segundos la invitaran a pasar y la convidaran con té con leche. Miró por todas partes y no vio ningún tren.

Su amigo logró entrar a otra de las casas haciéndose pasar por vendedor de Biblias. Lo atendieron con cortesía y no pudo evitar vender una Biblia con reproducciones de famosos pintores, de la que había deseado no desprenderse nunca. Gracias a su cortesía, se hizo amigo de la familia. Miró por todos lados, habló con los adultos y con los chicos, escuchó pacientemente la descripción de cuanto juguete había en la casa. Lo invitaron a comer un asado el domingo siguiente. Pero de trenes... nada.

Pandolfi mismo se puso en tren de investigar. Ahora le tocaba el turno a Rodolfo, el hombre que fabricaba los trenes. Fue a verlo, lo puso al tanto de lo ocurrido y le hizo saber su preocupación.

–Ya los niños no quieren jugar –le dijo con tristeza–. Si el juguete no es electrónico, no les parece atractivo. Y la verdad es que las ventas no marchan sobre rieles.

El inventor de trenes lo miró con cierta pena y le dijo:

–Deberías tener más cuidado. El tren es muy atractivo, sobre todo cuando tiene las luces encendidas, y vos sabés cómo es la gente. Si tuviera algún tren, te lo daría aunque no pudieras pagármelo por un tiempo, pero en este momento no tengo.

Pandolfi salió a la calle con la cabeza pesada como un furgón de carga. No podía dejar de pensar en el tren. Lo evocó recorriendo el circuito con su sonido característico: “tata... tata... tata...”, silbato y de nuevo “tata... tata... tata...”, silbato. De pronto sus pensamientos se perdieron y un puñado de palabras insistentes se le instaló en la cabeza: tata, pata, rata, ñata, nata, lata, cata, data, mata, gata.

–¡Gata! –gritó Pandolfi–. ¡Gata!

Y esas cuatro letras le hicieron recordar la noche del robo:

Estaba tomando mate cuando pensó que tenía que buscar la caja para guardar el tren al día siguiente. Cuando lo vio, decidió encenderle las luces. Sería su última noche allí. Soltó el mate. Una sombra oscureció la calle y vio correr a una gata. Se acercó al tren, le sacó un poco de polvo y le encendió las luces.

Después volvió a su casa. Apenas la esposa de Pandolfi le abrió la puerta, ambos supieron que nadie había logrado encontrar siquiera una pista.

–¿Dónde estuviste? –preguntó ella.

–Fui a visitar a Rodolfo, el que fabrica los trenes. Me regañó porque el tren tenía las luces encendidas.

Pandolfi se levantó de golpe. Estaba seguro de que había encendido las luces del tren justo antes de irse a descansar. ¿Cómo lo había sabido Rodolfo?

–Ya sé dónde está el tren, aunque todavía no sé por qué.

Era tarde cuando tocó el timbre de la casa de Rodolfo.

–¿Por qué me robas los trenes, Rodolfo, amigo mío?

–Por mi deseo incontrolable de mejorar el modelo –respondió Rodolfo sin inmutarse–. Cada vez que vas a venderlo tengo en mi cabeza la maldita idea de que al tren le falta algo. Entro a la juguetería con una llave que una vez te robé, lo traigo y trabajo en él. Por eso cada tren que te he dado es diferente. Te devolveré el dinero y te entregaré el tren. Pero ¿cómo me descubriste?

–Una gata me lo contó –respondió Pandolfi, mientras sentía que por fin llegaba a la estación final.




FIN

Del libro "Dejame ser la negra María y otros cuentos", Ediciones Abran Cancha

Ilustración: © Irene Singer
http://irenesinger.blogspot.com.ar/2014/05/dejame-ser-la-negra-maria.html



Gentileza: CompuCuento


"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

Ir Arriba